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viernes, 21 de febrero de 2014
sábado, 15 de febrero de 2014
Gestión Pública
La nueva Gestión Pública, una herramienta para el cambio
El
New Public Management surge como un paradigma de la administración que se
caracteriza por adaptar herramientas de la gestión empresarial al manejo de los
asuntos públicos, y que propugna por la prestación de servicios más ajustados a
las necesidades de los ciudadanos con un enfoque de eficiencia,
competencia y efectividad en la satisfacción de las demandas sociales[1]
Introducción
El
presente trabajo intenta sistematizar, a partir de material bibliográfico actualizado,
las distintas visiones teóricas del denominado “nuevo paradigma de la gestión
pública”, identificando tanto la utilidad como las limitaciones de los
conceptos y las técnicas provenientes de esta orientación, que ha tenido un
carácter rector en las reformas estatales conocidas como de “segunda
generación”. El fenómeno de la Nueva Gestión Pública (NGP), o también
referenciado como New Public Management (NPM), aunque se inserta en un proceso
global de transformación del Estado, se ha difundido enérgicamente a nivel
mundial como eje central para el cambio y la modernización de las
administraciones públicas, en países con tradiciones institucionales tan
disímiles como Estados Unidos, Suecia, Gran Bretaña, Francia, Australia,
incluyendo los de la propia región de América Latina.
Significativamente,
una vez transcurrido el activo proceso de reestructuración tendiente a
minimizar el rol del Estado en diferentes esferas de la actividad económica y
social, desde los propios organismos internacionales se impulsa una variante
crítica de las políticas derivadas del “Consenso de Washington”, haciendo
énfasis en la ampliación de la capacidad institucional y en la eficacia de la
acción estatal para el buen funcionamiento de los mercados. En esta línea, el
Informe del Banco Mundial de 1997 pone a consideración un conjunto de medidas
que, en el terreno estrictamente administrativo, apelan al fomento de una mayor
competencia (por ejemplo, a través de un sistema de contratación basado en los
méritos), a la apertura de las “principales instituciones gubernamentales” (a
fin de romper el monopolio estatal), a la descentralización y a la
instrumentación de prácticas de participación ciudadana (por ejemplo, encuestas
de clientes, cartas de derechos ciudadanos, etc.)(Banco Mundial,1997)1
Acorde
con estos principios, las reformas encaradas por los países de la OCDE han
puesto el acento en (...) “organizar el gobierno en grupos de agencias y departamentos
(...); en la adopción de tomas de decisiones estratégicas y orientadas a la
obtención de resultados, utilizar objetivos de output, indicadores de
rendimiento, pagos en relación con los resultados y medidas de mejora de la
calidad; en recortar los gastos (...); en una mayor flexibilidad; en una mejora
de la eficiencia en la prestación de servicios públicos; en la promoción de la
competencia en el ámbito y entre organizaciones del sector público” (Suleiman,
2000: 4).
De
este modo, la nueva “generación” de reformas prioriza una serie de transformaciones
“hacia adentro” del Estado (Oszlak, 1999), apoyadas cada vez más en las ideas
básicas provenientes de las ciencias de gestión o del management, cuya legitimidad
como fuente de propuestas para mejorar el desempeño del sector público encuentra
sustento en la experiencia “exitosa” acumulada en el sector privado durante las
últimas décadas. Sobre esta suposición existe hoy, en el seno de los analistas
y estudiosos del tema, una alta coincidencia. Sin embargo, aún con todo su
potencial para contribuir a fortalecer la labor del Estado, los especialistas
plantean la necesidad de circunscribir su utilidad. Como se pondrá a
consideración, la aproximación de algunos autores pone en tela de juicio los
fundamentos ideológicos y culturales a partir de los cuales cobran sentido un
conjunto de técnicas y prácticas de “aparente neutralidad”. En este sentido, (...)
“la limitación fundamental del paradigma institucional del management, tal como
se ha construido en el sector privado e importado al sector público, es su
pertenencia a una lógica de racionalidad económica individual y egoísta,
concebida para ordenar el comportamiento de una organización independiente.
Trasladar esa lógica al sector público presenta claras insuficiencias, ante la
necesidad de observar valores colectivos y atender la exigencia de colaboración
interinstitucional, imprescindible en la gestión de numerosas políticas
públicas” (Echebarría y Mendoza, 1999: 40-41).
Por
otra parte, la experiencia internacional señala que -en la mayoría de los casos-
la incorporación de las técnicas del management no fue acompañada con la recreación
de mecanismos que hubieran favorecido el desarrollo de una nueva “cultura de la
responsabilidad”, capaz de reordenar la interrelación entre funciones políticas
y administrativas, en lugar de sustituir la supervisión de burócratas y
políticos por el control a través de principios de mercado. Desde esta óptica,
se rescata el componente político que, necesariamente, lleva implícita toda
reforma de la administración, no sólo en términos de su legitimación, sino como
precepto clave para definir el rumbo de los cambios.
Particularizando
ya en el caso de América Latina, cabe preguntarse, además, acerca de la
posibilidad real y la conveniencia de introducir una lógica “gerencial”, dando
por supuesto que dicho modelo superará al tradicional weberiano, en países donde
la mayoría de sus administraciones públicas se caracterizan por la pervivencia de
sistemas clientelares y/o patrimonialistas de profundo arraigo. Para los especialistas
de la OCDE, se acepta cada vez más el hecho de que uno de los orígenes del mal
funcionamiento del sector público es precisamente la falta de formalidad y
respeto a las normas que impera en la cultura administrativa de la región (Burky
y Perry, 1998; Evans, 1992; Shepherd, 1999). Concretamente, se apunta que la
mayoría de las técnicas de gestión “favorecen la ampliación de la
discrecionalidad de los altos funcionarios, aunque de esta forma los organismos
que ellos conducen ganan en flexibilidad y eficiencia. Sin embargo, es muy
factible que en algunos casos ocurra la violación de la tenue barrera que
separa la discrecionalidad de la arbitrariedad, el abuso de poder y la
corrupción” (Joaquín y Losada, 1999:4).
Para
tratar de abarcar los puntos sustantivos del debate abierto en torno al fenómeno
de la NGP, partimos del estudio sobre las principales orientaciones y tecnologías
reconocidas como preponderantes para el proceso de modernización, destacando
sus posibilidades y restricciones de orden técnico que limitan la capacidad de
adaptación al sector público cuando se pierde de vista su especificidad y complejidad.
Asimismo, se pondrán de manifiesto aquellos tópicos de carácter cultural, ideológico
y político que atraviesan la discusión acerca de si el Estado se recupera con
más impronta privada o “publificando” la administración (Cunill Grau, 1997).
Las reflexiones
finales pretenden aportar un conjunto de observaciones a tomar en cuenta durante
el desarrollo del proyecto de investigación y relevamiento de indicadores de gestión
para el monitoreo de las políticas de modernización en el sector público argentino,
a los fines de evaluar las implicancias directas e indirectas derivadas de toda
estrategia de cambio en las organizaciones públicas[2]
[1]. Andres Navas Quintero. Consultado en:http://bit.ly/1eCvvnq
[2]. Andrea López. Dirección de Estudios e
Información. Serie I: Desarrollo Institucional y Reforma del Estado Documento Nº
68 La Nueva Gestión Pública: Algunas Precisiones para su Abordaje Conceptual. Consultado en:http://bit.ly/1gM5Fk2
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